
Una pregunta, seguida de un cañonazo.
-Claro que sí, nunca digas que estás listo-, dijo el actor, - es como una estrella asesina, implacable y penetrante. Nunca dejas de pelear con la realidad.- dijo, y tomó asiento en una de las esquinas del corredor.
Bajo la osa menor, el bajista tan sólo lo miraba de reojo, poco a poco, cada vez que se armaba de valor.
En verano…
La niebla comenzó a disiparse develando cada vez más el secreto de las circunstancias. Más allá, a lo lejos, el coro envejecía lento e inexorable a través de las huellas de la edad. El actor tomó de nuevo su máscara y empuñándola tal cual talismán se santiguó y rezó setenta y siete padres nuestros y setenta y siete aves marías.
A través del espejo acusador, el buitre lo miraba y ocultándose del Señor Creador, con cada rezo completado, éste se relamía el pico. Le avergonzaba pero no podía evitarlo, se trataba de ser héroe, aunque a veces deseara ser carroña. Así no tendría que destrozar y tragar sino simplemente dejarse masticar y cagar, y dejarse perpetuar a través de las bacterias del suelo y del suelo al escarabajo y del escarabajo al cuervo y del cuervo al actor y del actor a él, y de éste a Dios.
Volvería a nacer.
Pero hoy no, porque bajo el cielo sólo estaba el actor.
Pasaron los años y el bajista se convirtió en pintor. Pintaba escupitajos desde diferentes ángulos y a diferentes horas. Su único modelo era el actor. Ya no recordaba cuándo fue que expresó sus últimas palabras, pero la sordera provocada por el cañonazo seguía tan jovial y presente como antes de nacer. El ave de rapiña también estaba allí, desaparecido de la vista pero siempre parado sobre el misterio. Las eras también habían cambiado. Era la época del hierro y las calles vacías, apestaban a edificio.
Habían vendido el mundo… Era la estratagema perfecta.
El circo del gringo llegó al pueblo y con éste, la fiebre del oro. Dos pastillas y un paraguas era lo indispensable para conquistar a una chica. Claro que sí, nunca digas que estás listo, había recomendado el actor. Pero ahora, el dominio azul era como una garra robacorazones e implacable, avanzaba fatal devorando todo a su paso. El ave había perecido a este plan infernal y desaparecido, el pintor no volvió a ver su vida a través de los aparadores del corredor.
Sin embargo, con la primavera… el número cero alcanzó su esplendor.
-Claro que sí, nunca digas que estás listo-, dijo el actor, - es como una estrella asesina, imparable y penetrante. Nunca dejas de pelear con la realidad.- dijo, y se levantó en una de las esquinas del corredor. Había alcanzado la iluminación, y ya no era una presa más de la ruleta ni del torbellino humano. Se había dado a la tragedia, pero ahora una vez despierto, alzó sus alas y comenzó a escarbar en la arena.
A lo lejos se escuchó de nuevo un cañonazo.
Era hora de nacer.
Foto por: Barroque
Escrito por: Barroque