
Hace algún tiempo me atreví a escribir mis opiniones acerca de la realización de una película. Utilizo la frase “me atreví”, porque pensándolo en retrospectiva, creo que aún me falta mucho (pero qué digo, ¡mucho!) por aprender de cine. Tengo mis proyectos, sí, y cuando imagino las historias lo hago con cierta conciencia del lenguaje cinematográfico, aunque con ciertas limitaciones y no pocos quebraderos de cabeza.
Ahora, después de algunas experiencias como joven y novato director y guionista ¿qué puedo decir sobre el cine? ¿Cómo puedo definirlo según mi pequeña experiencia? ¿Cuáles son mis convicciones actuales sobre el tema? A decir verdad, siento que me he alejado un poco del cine para comenzar a entender el lenguaje teatral. Me llama mucho el teatro más que nada por su enorme potencial respecto al montaje que, comparado con el cinematográfico se encuentra muy limitado en cuanto a lo técnico se refiere; sin embargo, según mis reflexiones, creo que el teatro tiene algo que de lo que el cine adolece: espiritualidad.
Hace algunos días escuchaba decir a alguien que el teatro es el arte más puro y completo de todos. Incluso el más humilde. Estas afirmaciones me ponen a meditar sobre la naturaleza del teatro: ¿cuál es su origen y qué función tiene en la vida del hombre? Si nos apoyamos en la historia e incluso en la filosofía, encontramos que el arte escénico no aparece en sus principios como un arte propiamente dicho, sino más bien con una vinculación (si no dependencia) con la religión y el estado espiritual del hombre.
Las bacanales, orgías griegas en honor a Baco o Pan son el origen principal del teatro clásico. En estas fiestas carnales (según recuerdo haber leído), se hacían cantos en honor a Baco, un “actor” recitaba los cantos principales mientras que un Coro lo apoyaba (resulta curioso el paralelismo que tiene esta estructura con el de la misa católica, no por entrar en polémicas, sino como una mera referencia histórica de la evolución de esta religión en cuestión de identidad y estructura interna). Al final un macho cabrío era sacrificado y los participantes, por cierto embriagados, lo devoraban a sangre fría.
Recordando y relacionando un poco las ideas, pensemos en el “Arte de Amar” de Erich Fromm. ¿No decía él que los actos orgiásticos son una manera (no muy sana ni optimista) de resolver el problema de la separatividad (volverme uno con el prójimo llenando el vacío interno provocado por la separación de la madre en el momento de nacer)? ¿Sería válido concluir que en este punto, el teatro en sus inicios cumplía con esa función? ¿No hay cierto nivel de espiritualidad implícita en todo este asunto orgiástico? En este punto de mi vida yo digo que sí. No veo que un bacanal sea la mejor forma de resolver el problema de la separatividad (de hecho, ni lo recomendaría) pero sí veo una intención espiritual, una necesidad por llenar un vacío interno.
Ahora, por otro lado, todos conocemos a Sófocles, Esquilo y Aristófanes, entre otros. Sabemos muy bien que todos eran escritores y poetas y que en la Grecia de antaño sólo existían dos modos de hacer teatro: tragedia y comedia.
Quisiera enfocarme en la Tragedia citando a Aristóteles en su “Poética” quien la define (según recuerdo) como un medio catártico en el que el individuo siente dos emociones muy fuertes: horror y piedad. Horror por la situación que viven los personajes de la Tragedia y piedad por la empatía experimentada para con la situación y los caracteres.
Para hilar bien estas ideas, definamos un poco el perfil del personaje trágico, según uno de los maestros de mi diplomado (y también Aristóteles, que de ahí sacó su resumen):
El carácter trágico es un trasgresor porque va contra la sociedad al cuestionar los valores políticos, morales, religiosos, ideológicos, etc. De una colectividad en cierto momento histórico que se va a mostrar a través de una pasión que lo individualiza y que lo confrontará con todo el sistema. Será una víctima propicia en el sacrificio a favor de la persistencia de la colectividad. La pasión que lo inflama lo lleva a cometer transgresiones cada vez más graves, hasta un momento crítico que sólo puede resolverse con al exclusión del elemento perturbador.
Pensemos en Edipo Rey, por favor.
Una conclusión que podemos sacar del texto citado arriba es que la lucha entre la razón y el instinto es la causal del movimiento trágico. ¿Hay espiritualidad aquí? Pero por supuesto que sí, porque finalmente, detrás de toda tragedia está implícita una preocupación sobre el lugar del ser humano en el universo, así como también qué papel es el que desempeña en este: ¿Puede el hombre transformar, modificar el designio de los dioses? Parece esto se lo preguntaba los griegos a gritos.
Como temo llegar a aburrirlos con tanta reflexión y meditaciones mías, les dejo por el día de hoy, prometiendo pronto concluir con este escrito tan curioso además de que 821 palabras es más de lo que puedo escribir de una sentada.
Nos vemos en las guerras púnicas y recuerden no hacer nada que yo no haría.
